Ciencia y memoria: La historia del Equipo Argentino de Antropología Forense que le devolvió la identidad a miles de víctimas

17 de Octubre de 2019


Ciencia y memoria: La historia del Equipo Argentino de Antropología Forense que le devolvió la identidad a miles de víctimas

Cuando en 1983 Abuelas de Plaza de Mayo pidió ayuda a una ONG estadounidense para identificar cadáveres de los desaparecidos bajo la dictadura militar, no sabía que enviarían a un tejano jubilado, de botas y bigotes, que había identificado a John F. Kennedy y a Tutankamón.

Clyde Snow pidió colaboración a los forenses argentinos para el trabajo de campo, pero solo accedieron algunos estudiantes de antropología que luego aprendieron de él y años después fundaron el Equipo Argentino de Antropología Forense.

El EAAF se convirtió en la primera organización científica, privada y sin fines de lucro que aplica las ciencias forenses a la investigación y el esclarecimiento de crímenes de masas en la Argentina y en el mundo. Devuelve identidad a las víctimas, aporta evidencias en los tribunales y ayuda a los familiares a recuperar los restos de sus seres queridos.

En 35 años, el equipo intervino en 55 países y solo en la Argentina identificó más de 800 desaparecidos, entre ellos, Azucena Villaflor, Che Guevara, Luciano Arruga, Santiago Maldonado, los 43 estudiantes de Iguala y las mujeres de Ciudad Juárez en México, y los soldados de Malvinas, entre tantos otros. Este libro es todas esas historias juntas.

En La muerte es el olvido, el periodista Felipe Celesia (Buenos Aires, 1973) narra, con una sensibilidad conmovedora e inusual, el trabajo enorme del equipo que dona lo que gana en premios al grupo, es referencia mundial y, para muchos, el guardián de nuestra memoria.

El libro tendrá su presentación en sociedad este sábado 12 de octubre en la Librería del Conti, Avenida del Libertador 8151, CABA. Participarán: Luis Fondebrider (presidente del Equipo Argentino de Antropología Forense, egresado de la UBA, participó de campañas y misiones para recuperar e identificar víctimas en los cinco continentes), Mariana Segura (arqueóloga recibida en la UBA, se sumó al Equipo Argentino de Antropología Forense a principios de este siglo) y el autor, Felipe Celesia. A las 17 hs. Entrada libre y gratuita.

Aquí las primeras páginas del texto.

Douglas Cairns discó el número de su compañera de Antropología Patricia Bernardi y sin detenerse demasiado en el saludo le dijo:

—Hay un gringo que está buscando desaparecidos.

En ese momento, a meses de recuperada la democracia, para estos dos estudiantes de la Universidad de Buenos Aires no había dimensión histórica en la frase, sino más bien unas cuantas incógnitas bien mundanas: ¿quién es? ¿Para qué? ¿Por qué? Dagui Cairns no tenía respuestas, pero sí una consigna clara transmitida por su amigo, y muy querido compañero del colegio San Andrés de Olivos, Morris Tidball-Binz. “Necesitamos tres o cuatro personas de arqueología de confianza”, fue el pedido de Morris que Dagui se sintió compelido a cumplir.

En la primera mitad de los años ochenta, un estudiante de Antropología que terminaba el ciclo básico de la carrera debía optar por alguna de las dos especializaciones que se ofrecían: Etnología, también conocida como “antropología social”, o Prehistoria, que todos llamaban “arqueología”. Dagui era de antropología social, por eso llamó a Pato Bernardi, que era de arqueología.

La relación de Pato con la arqueología, o con la ciencia que estudia las sociedades antiguas a partir de sus restos materiales, tuvo avances y retrocesos. Pato no vivió una adolescencia feliz. En primer año, a poco de haber ingresado al Jesús María de Buenos Aires, murió su mamá. Su papá ya había fallecido, por lo cual ella y su hermana Claudia quedaron al cuidado de la abuela materna española que había emigrado a la Argentina por razones económicas. “Fue una época fea, negra”, evoca.

En la universidad la cosa mejoró, aunque no desde el arranque. Como estaba haciendo un curso de buceo y le gustaba la cosa submarina, se anotó en Biología, en la Facultad de Ciencias Exactas, que en aquel momento tenía como práctica institucional palpar de armas y revisar los bolsos de los estudiantes en el ingreso. Pronto descubrió que tanta física y tanta química no eran lo suyo. Abandonó al año y medio. Por esa época también probó con la música, y tampoco. Entonces, en 1978, optó por hacer el ingreso a Antropología y ver si finalmente allí podían desarrollarse sus inquietudes por la historia y la prehistoria. El ambiente intelectual y cultural en la Facultad de Humanidades, sede Marcelo T., era muy estimulante y, si bien todavía dominaba la dictadura, la resistencia por vía de la politización era creciente. Pato no participó de ese proceso. No militó ni adhirió a la organización incipiente de la política universitaria. Por entonces estaba más preocupada por verificar si su temprana vocación por la arqueología seguía vigente. Intentó con una práctica en arqueología histórica en Israel que mucho no la convenció; pero que significó una experiencia directa con la profesión que estaba intentando. Y se halló: la arqueología le gustaba.