Las adelantadas de la Paleontología

13 de Marzo de 2019


Las adelantadas de la Paleontología

Existe una afirmación generalizada de que el ingreso de las mujeres a la Paleontología fue muy tardío. Yo pensaba lo mismo cuando comencé mi doctorado en plantas fósiles del Triásico, hasta que me detuve a leer el nombre de pila de los autores de ciertos artículos de las décadas de1910 y 1920. No eran autores, eran autoras.

Trabajos primordiales acerca de la anatomía de troncos petrificados habían sido llevado a cabo por tres mujeres: Ruth Holden con sus contribuciones acerca del leño de coníferas fósiles en 1913 y en 1914; Marie Stopes con su catálogo de plantas mesozoicas del Museo Británico en 1913 (Parte 1) y 1915 (Parte 2), y Nellie Bancroft con la primera descripción de un tallo de helecho con semilla del Hemisferio Sur en 1913. Investigué un poco más, en otras temáticas de la Paleobotánica también se destacaban mujeres a principios del siglo XX, por ejemplo Isabel Cookson, una de las más prominentes paleontólogas de Australia, cuyas investigaciones entre los años 1920sy 1940s, fueron fundamentales en el campo de la evolución temprana de las plantas terrestres.

Entonces, ¿por qué se habla de un ingreso muy tardío de las mujeres en la Paleontología? La historia de la Paleontología moderna puede dividirse en tres etapas: una formativa, que se extiende desde fines del siglo XVIII y las primeras décadas del siglo XIX; otra de exploración, entre mediados y fines del siglo XIX, y una etapa “contemporánea”, que comienza con el siglo XX. Recién en este último período, el papel de las mujeres investigadoras cobró importancia.

Un siglo antes, en 1815, Etheldred Benett, considerada la primera geóloga y paleontóloga mujer del mundo, envío a publicar su trabajo sobre la estratigrafía del Condado de Wiltshire del Reino Unido, y en 1831 publicó dos versiones de un catálogo de su colección de fósiles. Sus investigaciones fueron reconocidas por sus colegas hombres, y trabajó en colaboración con geólogos y paleontólogos eminentes de la época como William Smith (el “padre de la Estratigrafía”) y Gideon Mantell (quién descubrió a Iguanodon, el primer fósil de un dinosaurio, aunque la verdadera autora del hallazgo habría sido su esposa Mary Ann). En 1836, la Sociedad de Historia Natural de Moscú le concedió a Benett la membresía, e incluso, el zar Nicolás I le otorgó un cargo de Doctorado Honorario de la Universidad de San Petersburgo, pero en ambos casos se debió a que pensaban que era un hombre. Acerca de este “incidente” ella misma opinó: “…la gente científica en general tiene una opinión muy baja acerca de las habilidades de mi género”.

Mary Anning, de la misma época que Benet aunque mucho más joven, es nombrada por algunos como “la madre de la paleontología de vertebrados” ya que en 1811, a los 12 años encontró, junto a su hermano, los primeros restos fósiles de un ictiosaurio. En 1823 descubrió el primer esqueleto completo de un plesiosaurio, y en 1828, el primer fósil de pterosaurio reconocido en Inglaterra (Gideon Mantell había encontrado previamente restos de pterosaurios, pero los atribuyó a un ave). A pesar de sus aportes, distintos geólogos se apropiaron de los hallazgos de Anning. Publicaron artículos, dieron conferencias y se llevaron todo el mérito sin siquiera mencionar el nombre de la joven paleontóloga.

Otras mujeres paleontólogas del siglo XIX fueron relegadas a un papel secundario, aunque fundamental, de “ayudantes” de sus maridos investigadores. Tal era el caso de Orra White Hitchcock, quien fue posiblemente la primera mujer estadounidense en contribuir a la paleontología, ya que realizó más de 1000 láminas para las obras científicas de su esposo, el geólogo Edward Hitchcock, entre las que se encuentran numerosas ilustraciones de fósiles de todo tipo. Otro ejemplo fue el de la malacóloga y geóloga británica Mary Horner Lyell, casada con Charles Lyell (uno de los “fundadores de la Geología moderna”). Nunca se hizo muy conocida por derecho propio, aunque muchos historiadores creen que probablemente hizo importantes contribuciones al trabajo de su esposo. En 1854, Horner Lyell estudió y clasificó su colección de caracoles terrestres de las Islas Canarias, en el marco de una investigación comparable al trabajo de Charles Darwin sobre los pinzones de las Islas Galápagos.

En Estados Unidos, ya a fines del siglo XIX, algunas mujeres siguieron una educación universitaria orientada en la Paleontología. Pero los títulos avanzados no les garantizaron una carrera y un cargo en investigación, ya que los puestos considerados “adecuados” para las mujeres científicas a menudo eran empleos de servicio de bajo nivel, o como asistentes de otros investigadores. Esta situación comenzó a cambiar a principios del siglo XX y las paleontólogas irrumpieron en todas las sub-disciplinas, entre ellas las ya mencionadas Marie Stopes e Isabel Cookson en Paleobotánica, Carlotta Maury en paleontología de invertebrados y exploración de hidrocarburos, Mignon Talbot y Annie Montague Alexander en paleontología de vertebrados. Un ejemplo del aumento en la participación de las mujeres en la paleontología, es el de la Paleobotánica del Carbonífero de Gran Bretaña: durante la primera mitad del siglo XX más de un tercio de los investigadores dedicados a esa temática eran mujeres. En la Argentina, Mathilde Dolgopol de Saez realizó sus primeras publicaciones paleontológicas entre los años 1927 y 1931, dedicadas tanto a los vertebrados e invertebrados. En el campo en el que trabajo, la Paleobotánica, recién en la década de 1960 María Bonetti comenzó con sus investigaciones acerca de las floras del Triásico.

Durante la carrera de Licenciatura en Biología Orientación Paleontología en la UNLP, cursé varias asignaturas en las que se dictaba el tema de “Historia de la Paleontología”, pero no recuerdo haber escuchado en estas clases el nombre de alguna de estas mujeres pioneras. Dos siglos después de los esfuerzos de Bennet y Anning, la paleontología todavía presenta numerosos desafíos para las mujeres que desean seguir sus pasos, en especial los prejuicios y discriminación que aún existen acerca de las paleontólogas en los viajes de campo. Como estudiante de grado, participé en 2004 de mi primera campaña: de 17 paleontólogos, sólo 3 éramos mujeres. Todavía hoy algunos investigadores hombres que trabajan conmigo son reticentes a que nosotras participemos de las expediciones, y hacen comentarios, a veces en forma de “broma”, acerca de las “limitaciones” de las mujeres en el campo. Pese a esta postura, la falta de mujeres en los equipos de investigación puede ser una desventaja práctica para la ciencia. En palabras de la paleontóloga Victoria Arbor de la Universidad de Toronto "Es enormemente beneficioso tener un conjunto diverso de personas en un equipo de campo. Si todos cuentan con experiencias similares, se reducirá su capacidad para encontrar formas eficientes de resolver problemas...”

En síntesis, el interés de las mujeres en la paleontología fue bastante temprano, pero su incorporación a la comunidad científica estuvo muy obstaculizada, y sus aportes aún no son lo suficientemente valorados.  

*La Dra. Josefina Bodnar es Investigadora de CONICET con lugar de trabajo en la División Paleobotánica del Museo de La Plata, y Docente en las Cátedras de Paleobotánica y Xilología en la FCNyM de la Universidad Nacional de La Plata. Sus líneas de investigación están centradas en la sistemática, evolución y paleoecología de plantas del Mesozoico, y en la anatomía de leños fósiles y actuales. Actualmente, también se desempeña como prosecretaria en la Asociación Paleontológica Argentina. Email: jbodnar@fcnym.unlp.edu.ar