MUJERES EN LA CIENCIA: ALICIA LÓPEZ

17 de Septiembre de 2018


MUJERES EN LA CIENCIA: ALICIA LÓPEZ

 

De las pócimas de témpera a la investigación científica

Cuando pienso en el despertar de mi vocación por la ciencia, tengo que volver a las tardes correntinas en el laboratorio del cubil felino que compartía con mi amiga de la infancia, donde yo hacía pócimas con temperas de colores mientras ella conquistaba el patio con la espada del ojo del augurio.

A los 8 años decía que iba a ser Astrónoma, no Astróloga (aclaraba por las dudas), después apareció en mi casa la enciclopedia de entrega semanal de Jaques Cousteau y quise ser Oceanógrafa, hasta que descubrí que la parte física de los océanos no era lo mío, sino el animalario que me gustaba dibujar.

En 6º grado, escribí como tarea un cuento sobre una chica doctora -pero no médica-. Nunca supe cuándo aprendí la diferencia entre hacer un doctorado y estudiar medicina, pero ahí estaba la chica de mi cuento con su diploma de posgrado.

En mi formación académica fui un poco ecléctica, me recibí de Lic. en Zoología, hice un Doctorado en Genética y Evolución, pero siempre trabajé con plantas, así que me autodefino como Botánica. La botánica es la ciencia de las plantas, y es también conocida como la ciencia amable.

La ciencia no es sólo una vocación o un trabajo, es una forma de entender el mundo. Mundo en el que la toma de decisiones debería estar más basada en la evidencia científica, no solo dentro de las paredes de un laboratorio, sino quizás en todos los ámbitos.  

De plantas y ciencia: mi trabajo

El trabajo de la botánica tiene varias partes, por un lado, están las campañas de colección, que son los viajes que se realizan en búsqueda de los materiales (las plantas) con las que se trabaja. Hace años que trabajo con plantas que crecen en la Patagonia. Dimos la vuelta entera a la Patagonia 3 veces en viajes de más de 7000 km, que incluyeron lagos ríos, montañas, nieve, y la estepa patagónica hecha flor y pasto verde danzando al ritmo del loco viento insistente y ruidoso.

Después de los viajes, viene el trabajo de procesar el material, hay que acondicionar las plantas y secarlas para poder confeccionar ejemplares de herbario que van a quedar almacenados como si fueran libros en una enorme biblioteca, y que serán usados por otros botánicos en sus investigaciones (muchas veces usamos plantas que se coleccionaron hace más de 100 años). Las plantas del herbario se pueden usar, entre otras cosas, para obtener medidas y realizar descripciones de las plantas. Puede pasar que, al tratar de determinar una planta, nos encontremos con que no es nada que haya sido descripto antes. Se busca en el herbario, en la biblioteca – reales y virtuales –, se leen las descripciones de todas las plantas parecidas, hasta que podemos concluir que es una especie nueva para la ciencia. Ese es el momento “eureka” de la investigación en botánica.  

También trabajamos en el laboratorio, donde usamos el ADN de las plantas y mediante técnicas moleculares, tratamos de entender, por ejemplo, cómo los procesos evolutivos actuaron modelando la distribución de las poblaciones actuales.

Hay muchas disciplinas que interactúan en la botánica como la fisiología, la ecología, la genética, la anatomía. Por esto, como en cualquier ciencia, lo realmente importante es la pregunta con la que uno inicia una investigación. Después se ve con que camino, o técnica, tratamos de encontrar una explicación.

De pisos y techos

Ser mujer científica en los primeros tramos de la carrera no representó ningún obstáculo que pudiera evidenciar, pero después, la reflexión y el conocimiento de la historia me obligaron a rever ciertas cuestiones naturalizadas que ahora hacen que resignifique mi posición privilegiada.

Los números dicen que somos más mujeres las que terminamos las carreras de grado y de posgrado, con mejores calificaciones y en menos tiempo, sin embargo, los cargos jerárquicos en las instituciones de ciencia están ocupados en su mayoría por hombres. Todavía son más los hombres los que opinan y tienen poder de decidir sobre la agenda de investigación, pero se vuelve más notorio cuando son temas específicos de problemáticas femeninas.

El momento de mayor exigencia en la carrera científica (clásica) es entre la culminación del grado, el doctorado y el ingreso a carrera de investigador, o a un cargo docente con dedicación exclusiva, entre los 22 y 35 años, que coincide con el momento en el que las mujeres suelen decidir ser madres. Tener un hijo (ni digamos dos o más) significa quedar en desventaja con nuestros pares hombres: por un lado, porque un año sin publicar resultados de la investigación es un hueco en el curriculum que no se puede salvar, además, para completar la formación hay que hacer estadías en el exterior por varios meses, y los directores (y directoras) todavía suelen preferir y favorecer a los becarios hombres. 

La toma de decisiones debería direccionarse a fomentar la igualdad de oportunidades de las mujeres en la ciencia, contemplando por ejemplo que haya jardines maternales a disposición de estudiantes y becarios; iguales licencias por maternidad y paternidad, que las licencias por maternidad vengan acompañadas de prórrogas reales en los plazos de toda la cascada de “casilleros por llenar”, para que ocupar cargos jerárquicos o de decisión sea realmente posible para unas y otros.

En los últimos años las desigualdades entre hombres y mujeres en la ciencia se fueron evidenciando y problematizando, pero a pesar de algunas conquistas en el plano de la equidad,  pareciera que el famoso techo de cristal (metáfora que advierte la limitación velada del ascenso laboral de las mujeres al interior de las organizaciones) o el suelo pegajoso (como se denomina dificultades para poder abandonar la esfera de lo privado-doméstico hacia el espacio público) no dejaron de existir. Pero los números de representación de hombres/mujeres en los cargos más altos siguen demostrando que las chicas no llegamos, porque ese techo sigue bien firme sobre nuestras cabezas y nuestros pies bien pegados al suelo.

De los tréboles y las papas

Sin perder de vista esto, hacer ciencia es un privilegio del que disfruto y ser científica es un trabajo que celebro a diario. Hace poco cambié de lugar de trabajo y ahora estoy radicada en Balcarce, con esto tuve la posibilidad de integrarme a trabajar con un equipo que investiga en papas andinas, así que desde mi experticia estoy aportando un enfoque biológico/evolutivo para resolver preguntas sobre cómo las especies que son parientes silvestres de las papas cultivadas pueden aportar riqueza en las variedades que se cultivan. 

Las mujeres en la ciencia les debemos a las pioneras el respeto por el camino empezado, a nuestras compañeras la empatía por el camino que nos toca compartir y mejorar, y a las científicas por venir, un bienvenida a esta manera de ver el mundo que como humanidad nos hace más libres, ecuánimes, más felices, porque la naturaleza es maravillosa y la ciencia la manera más fascinante de entenderla.

 

 

Dra. Alicia López- Investigadora de CONICET y Curadora del Herbario BAL. De Corrientes Capital, actualmente vivo en Mar del Plata. Trabajo en taxonomía y sistemática de plantas, particularmente interesada en los tubérculos andinos de los géneros Oxalis y Solanum (papas andinas). Toda mi formación desde el jardín de infantes hasta el doctorado la realicé en instituciones educativas públicas. Tanto mi formación de postgrado, como el financiamiento de las investigaciones y las estadías en el exterior fueron subsidiadas por distintos fondos del estado nacional y por organismos internacionales.

alicialopez@mdp.edu.ar - https://www.researchgate.net/profile/Alicia_Lopez2