MUJERES EN LA CIENCIA: NATALIA ESPONDA

07 de Marzo de 2018


MUJERES EN LA CIENCIA: NATALIA ESPONDA

Cinco Nobelas (desventuras de mujeres en la ciencia)

Hilde Pröscholdt es más conocida por el apellido de su esposo: Mangold, y esto no se debe a que el suyo fuera impronunciable. Hilde fue una científica que hizo un descubrimiento importantísimo en el campo de la Biología del Desarrollo, en el que yo también investigo. Tan importante fue, que mereció el premio Nobel, pero quien lo recibió fue Spemann, su director. Su caso es excepcional, ya que la mayoría de los descubrimientos de esa magnitud requieren años de trayectoria; pero ella describió una estructura llamada Organizador de Spemann que resultó ser de gran importancia. Sí… el organizador no lleva su nombre sino el de su director. Algunos textos actuales se refieren al Organizador de Spemann-Mangold. Según el embriólogo Scott Gilbert, la suya fue una de las pocas tesis doctorales que condujeron directamente a semejante galardón.

La versión oficial afirma que se trató de un accidente doméstico: Hilde murió a los 26 años, quemada, estando en compañía de su marido y de su suegra. La explosión de una cocina de petróleo fue la causante. Su muerte prematura, y que todos coinciden en calificar de trágica, ocurrió antes de que la comunidad científica comprendiera la magnitud de su trabajo, e Hilde nunca llegó a disfrutar del producto de su esfuerzo. Esta historia me produjo mucha impresión e indignación la primera vez que la leí, y he observado que ese mismo efecto produce en las y los estudiantes, cuando la refiero. Pero el Nobel sólo se entrega en vida, y ésa parece ser una regla igual para hombres y mujeres. Así que cuando nos enteramos de esto, nuestras quejas quedan sin nada a qué aferrarse aunque no podemos eliminar esa inquietud que nos deja el bichito de la in/justicia.

Cuando empecé a dar clases de Biología (y a prepararlas), me topé con un dato que había borrado de mi memoria: Watson y Crick compartieron su Nobel con Maurice Wilkins. Otra vez el bichito me picó, y cuando me pica, se me sube la sangre a la cabeza. El trabajo de Watson y Crick tuvo un valor incalculable que catapultó las potencialidades de la biología, con insospechadas consecuencias en la vida cotidiana. Nadie lo pone en duda. Y Wilkins compartió el Nobel porque contribuyó a que eso ocurriera. Pero fue Rosalind Franklin quien tuvo la pieza clave para entender la estructura del ADN, fue a ella a quien le robaron la información. Y fue Wilkins, el jefe de Rosalind, el autor de la estafa. Eran tiempos veloces para la biología molecular, la competencia era feroz (lamentablemente, eso no ha mejorado). En la primera mitad del siglo XX, las mujeres que salían de sus casas para ingresar a la vida pública eran todavía pocas: incomodaban, estorbaban, irrumpían en un mundo varonil acostumbrado a tomar decisiones en logias y clubes exclusivos para hombres. En esos universos masculinos, resultaba una gracia hacerles una zancadilla a las intrusas, disciplinarlas, desgastarlas, hacerlas dimitir, “ponerlas en su lugar”. La historia se repite: Rosalind murió prematuramente y no llegó a enterarse del premio. Pero tampoco en esos últimos años de su vida se admitió el aporte involuntario que le habían arrancado. Cuando Watson y Crick publicaron sus inferencias, omitieron prolijamente esa información. Rosalind había estado escribiendo el borrador de su trabajo y aceptó su “derrota” sin saber que su propio descubrimiento había sido utilizado.

Como si todo esto no fuera suficientemente oprobioso y escalofriante, Watson y Crick se convirtieron en relatores oficiales de la Biología Molecular y su historia. En los libros de Crick se puede leer la palabra “yo” más veces de lo que el decoro admite. Watson, conocido no sólo por el descubrimiento del ADN, sino también por sus declaraciones misóginas, homofóbicas, eugenésicas y racistas, fue co-autor de uno de los manuales más utilizados en biología celular y molecular. Estos científicos escribieron sus autobiografías, se auto-ensalzaron, omitieron los créditos de aquella a quien le habían sacado información, más tarde (sabiéndose impunes) admitieron jocosamente su “travesura”, se jactaron y se permitieron incluso realizar críticas horribles sobre la personalidad de Rosalind, quien para entonces ya había fallecido. Durante años se instaló la idea de que Rosalind era una persona antipática y desagradable, como si esto justificara el perjuicio causado.

Se necesitaron muchos esfuerzos de activismo feminista para que este tipo de actitudes empezaran a verse como lo que son: miserables y pusilánimes. Y para que quienes solían divertirse con estas supuestas travesuras empezaran a cuidarse y a no jactarse. Eso no significa que las mujeres ya no suframos destratos, sino que ahora son políticamente incorrectos, se denuncian, se disimulan, son más sutiles. Algunos compañeros empiezan a revisar sus prácticas, a desnaturalizarlas, aunque cuesta que admitan sus privilegios. Porque no se trata sólo de que estos señores hayan sido unos inescrupulosos, sino que además hubo toda una comunidad que vio y avaló. Recuerdo haber interpelado a mis profesores (varones) y haber recibido respuestas de la índole de “pero fueron ellos los que descubrieron…”; “pero él era el director (ergo, la cabeza pensante)”, etc.

Mi redescubrimiento de que Wilkins había compartido el Nobel, me llevó a dar una mirada rápida en la lista de premios. Seguramente son muchas las ausencias femeninas, las omitidas y las que nunca tuvieron la oportunidad. Pero hubo tres que me llamaron la atención por estar muy presentes en mi cabeza: Joshua Lederberg recibió el Nobel por los trabajos de Lederberg y Lederberg; Alfred Hershey recibió el Nobel por el trabajo de Hershey y Chase; Werner Arber recibió el Nobel por el trabajo de Arber y Roulland-Dussoix (el que se nombra primero es un hombre y la que va a la saga, una mujer). En estos tres casos, no hay fallecimiento que opere como excusa para la omisión.

Esther Miriam Zimmer (casada con Lederberg y conocida por lo tanto por el apellido de su marido) hizo aportes clave a la microbiología, la biología molecular y la genética, incluyendo el descubrimiento del bacteriófago lambda, el invento de la técnica de réplica en placa (que hoy se usa rutinariamente en los laboratorios de microbiología) y aportes al estudio de la lisogenia de los bacteriófagos. El experimento conocido como “de Lederberg y Lederberg” fue crucial para demostrar la naturaleza azarosa de las mutaciones. Joshua recibió el Nobel en 1958. Durante la ceremonia, no mencionó los aportes de su esposa, ni siquiera a modo de agradecimiento conyugal. Esther, por su parte, tuvo problemas para mantener su posición en la universidad. Algunos años después se divorciaron. Ella murió en 2006 a los 84 años.

Martha Cowles Chase realizó sus primeros trabajos siendo soltera y luego se casó; por lo que sus publicaciones aparecen dispersas, ya que las más tardías están a nombre de Epstein. Fue una bióloga estadounidense especializada en genética. En 1952, junto con Alfred Hershey, realizó un experimento clásico conocido como “experimento de Hershey y Chase”, que fue crucial para demostrar que el material genético está localizado en el ADN y no en las proteínas. Su posterior trabajo como genetista también fue muy respetado. Sin embargo, su carrera no fue larga. Durante las últimas décadas de su vida sufrió una enfermedad que la privaba de la memoria a corto plazo. Murió en 2003 a los 76 años.

Daisy Rulland-Dussoix junto con Werner Arber, descubrió las enzimas de restricción, o “tijeras moleculares”, herramientas fundamentales, que (junto con la PCR) permitieron el desarrollo vertiginoso de la ingeniería genética. Arber también se olvidó de mencionarla cuando recibió el Nobel. Desconozco el motivo, pero no se encuentran fotos de ella en internet y los datos biográficos son escasísimos. Las últimas publicaciones que aparecen son de 1997. Falleció en enero de 2014.

Mientras escribía este artículo, un compañero de trabajo que conoce mi gusto por la ilustración científica, me llamó la atención sobre el libro que estaba leyendo: había dos ilustraciones antiguas hechas por mujeres cercanas a un científico acreditado. Le hice notar que esas mujeres (hermana en un caso y esposa en el otro) se habían tomado el trabajo de pasar horas en el microscopio para comprender e ilustrar con precisión los detalles estructurales de esos microorganismos. Por lo tanto, no eran “mujercitas entretenidas en la labor de pintar”, satelitando al científico, sino que eran ellas mismas mujeres curiosas e investigadoras, que quedaban eclipsadas por la figura masculina. Se trataba de Henriette Beijerinck y de Héléne, esposa de Winogradsky. Henriette, de hecho, hizo aportes importantes a la mejora de los cultivos en placa y fue una destacada ilustradora en microbiología y botánica.

Cuando nos ponemos a buscar, en ciencia como en otros ámbitos, las mujeres salen de abajo de la piedras. No es mi interés biografiar ni detallar los logros de estas mujeres brillantes; no porque no interesen, sino porque los límites de un artículo de este tipo me impedirían hablar del tema que nos convoca: cómo la cuestión de género atraviesa a las mujeres y a los hombres en la ciencia. Estos casos testigo ilustran el problema y son herramientas para interpelar a quienes argumentan que la ausencia de mujeres es, en sí misma, una prueba de nuestra inferioridad, desinterés o falta de carácter.

En un tiempo en que las mujeres no podían acceder a la educación, ya es muy loable que algunas de ellas hayan logrado participar de la academia y sortear todos los obstáculos que la reticencia masculina les impuso. Pero aún hoy, las diferencias siguen siendo tremendas. Las estadísticas indican que, si bien ha habido una feminización de la ciencia, las mujeres seguimos estando sub-representadas a medida que subimos en los escalafones, y que entre aquellas que nos dedicamos a la investigación, la soltería suele ser casi obligada (¡75%!). En nuestro país hubo un ingreso de las mujeres a la ciencia desde comienzos del milenio a esta parte, sin embargo, mientras las becarias de CONICET representan un 60%, las investigadoras superiores, apenas alcanzan el 25%. En el total del sistema, representamos el 52%. En el sector privado, donde las ganancias son mayores en los escalafones superiores, entre el 71% y el 83% de los científicos son varones. En el ámbito universitario también es difícil encontrar decanas y rectoras, si bien las estudiantas suelen ser mayoría en los niveles básicos de casi todas las carreras, excepto aquellas que aún se consideran “masculinas”. Todavía es posible escuchar que ciertos investigadores prefieren no tener mujeres en sus equipos porque “faltan mucho”, y esto será así en la medida en que no tengamos paridad en las licencias por cuidados parentales y familiares, ya que estas tareas siguen estando a cargo nuestro, incluso cuando las/los parientes a cuidar son los de nuestras parejas. Los números a nivel mundial no son mejores, sólo el 28% de las científicas son mujeres y menos del 3% de los Premios Nobel fueron destinados a mujeres. Todavía pasará mucha agua bajo el puente antes que transgéneros y otras identidades sexuales puedan aspirar a representaciones justas en el mundo laboral, académico y científico. Es fundamental incentivar a las niñas y jóvenes a no limitar su vocación en relación con estigmas de género, así como naturalizar su aspiración a espacios de jerárquicos, de poder, manejo de finanzas y toma de decisiones.

 

Natalia Irene Esponda Behrens se recibió de Licenciada en Genética en la UNaM (Argentina), se Doctoró en Cs. Naturales en la UNLP y realizó un PostDoc en CITNOBA-CONICET. Actualmente trabaja como investigadora de la UNLP en el Centro Regional de Estudios Genómicos, dependiente de la Fac. de Cs. Exactas, y es Investigadora Asociada a la CIC. Se desempeña como docente en la Cátedra de Biología General de la Lic. en Cs. Ambientales de la UNDAV, en calidad de Jefa de Trabajos Prácticos. También es ilustradora científica (Irene Behrens). Ha publicado varios artículos en revistas internacionales y tanto su tesina de licenciatura como su tesis doctoral se realizaron en el área de la Genética del Desarrollo y de la genómica Funcional.